"LA ENCARNACIÓN DE CHICAGO"
Cuando muere un gran escritor --acontecimiento inusual, ya que se trata de una especie poco común-- le tributamos nuestros respetos haciendo una visita a nuestros anaqueles, biblioteca o librería; el duelo y la celebración se mezclan de manera honrosa. Pasará un tiempo antes de que apreciemos plenamente los logros de Saul Bellow, y no hay motivo para que no empecemos con algo pequeño, una frase o párrafo que se ha convertido en parte de nuestro equipamiento mental, y en una parte de los placeres de la vida. Después de todo, les dijo Nabokov a sus estudiantes, los buenos lectores "deben advertir los detalles y deleitarse en ellos". Los amantes de Bellow evocan con frecuencia a cierto perro que ladra sin demasiado entusiasmo en Bucarest durante la larga noche de la dominación soviética de Rumania. El ladrido llega a oídos de un visitante estadounidense, Dean Corde, un típico héroe soñador bellowiano, que imagina que esos sonidos son una protesta contra la escasa comprensión hacia los perros, y una plegaria: "¡Por amor de dios, abran un poco más el universo!" Aprobamos esa observación porque somos, en algún sentido, ese perro, y Saul Bellow, nuestro Maestro, nos escuchó y complació nuestra súplica.
De hecho, Bellow asumió generosamente esa misma libertad que Henry James reclamó para el novelista en su ensayo The Art of Fiction: se liberó, y liberó a sucesivas generaciones, de las trampas formales del modernismo, que a mediados del siglo XX ya habían empezado a pesar como una dura restricción. No tuvo tiempo para ocuparse del aserto de Virginia Woolf acerca de que en la novela moderna los personajes han muerto. El mundo de Bellow está tan densamente poblado como el de Dickens, pero sus moradores no son caricaturas ni grotescos esperpentos. Se instalan en la memoria como personas que uno podría convencerse de haber conocido: el desesperado embaucador Lustgarten ("en parte sutil, en parte enfermo") de Las memorias de Mosby, que provoca la ruina financiera de su familia importando un Cadillac a la Francia de posguerra; el nervioso delincuente Cantabile, que blande una pistola en El legado de Humboldt, quien en medio de su agitación experimenta la súbita necesidad de mover el vientre, y obliga a su víctima, Charlie Citrine ("un hombre de cultura o de grandes logros intelectuales"), a entrar con él al baño. Citrine se distrae reflexionando sobre la conducta de los simios mientras Cantabile "está allí en cuclillas fulminándolo con la mirada".
Y el más vívido de todos, para mí al menos, Moses Herzog, el soñador de Bellow más logrado, el menos práctico de los hombres en unos Estados Unidos donde cunden los más vigorosos propósitos materiales. En Herzog, Bellow llevó a la perfección el arte de la digresión narrativa. Cuando el héroe va a visitar a su amante, la adorable Ramona, la espera en la cama mientras ella va a vestirse con lo que Martin Amis llamaría su "uniforme de burdel". En esos momentos Herzog reflexiona sobre la manera en que el mundo entero lo presiona, y Bellow parece exponer una suerte de manifiesto, un categórico catálogo de los desafíos que un novelista debe enfrentar, o la realidad que debe abarcar o describir. También sirve como guía para el lector de la materia prima de la obra de Bellow. Llegué a memorizar el fragmento gracias a la relectura, y lo tomé prestado como epígrafe de una novela, Sábado. Fue un riesgo, porque era probable que el pulso de su prosa hiciera que la mía sonara enclenque.
Bien, por ejemplo, qué significa ser un hombre. En una ciudad. En un siglo. En transición. En una masa. Transformado por la ciencia. Bajo un poder organizado. Sometido a tremendos controles. En las condiciones causadas por la mecanización. Tras el fracaso de las esperanzas radicales. En una sociedad falta de comunidad que devaluaba a la persona. Debido al multiplicado poder de números que hacían insignificante a la persona. Que gastaba billones en proyectos militares contra enemigos foráneos pero que no pagaba por el orden en casa. Que permitía el salvajismo y la barbarie en sus propias grandes ciudades. Al mismo tiempo, la presión de millones humanos que han descubierto lo que pueden lograr el esfuerzo y el pensamiento concertados. Como los megatones de agua moldean los organismos en el fondo del océano. Como las mareas pulen las piedras. Como los vientos ahuecan las montañas?
La ciudad de Bellow, por supuesto, era Chicago, tan vital para él, y tan bella y profusamente evocada como la Dublín de Joyce; las novelas no están simplemente situadas en el siglo XX, son acerca de ese siglo, sus formidables transformaciones, su salvajismo, sus nuevas máquinas, las grandes batallas de sus sistemas de pensamiento, el resonante fracaso de los sistemas totalitarios, la bendición mixta del estilo de vida americano. Estos elementos no se tratan en abstracto, sino que se tamizan a través de las peculiaridades del personaje, de un individuo que intenta figurarse dónde está parado en relación con la masa de la que forma parte. Y siempre el pasado que irrumpe: recuerdos infantiles, las calles y edificios atestados, los cuartos compartidos, vecinos y parientes autoritarios y excéntricos, los inmigrantes pobres atentos al reclamo de la identidad americana.
El crítico estadounidense Lee Siegel escribió recientemente que todos los escritores británicos relacionados intelectual o emocionalmente con Estados Unidos desean reclamar a Bellow para sí mismos. "El es su Roca de Plymouth, o tal vez su Rhodesia." Hay en esto algo de cierto. ¿Qué es lo que vemos en él que no podemos encontrar aquí, entre los nuestros? Creo que lo que admiramos es la generosidad con la que su obra incluye tanto del mundo: desde el siglo XIX, ningún otro escritor ha sido capaz de plasmar a toda una sociedad, sin condescendencia o sin la afectación de la antropología social. Bellow puede moverse fluidamente entre los pobres y sus sórdidas calles y las élites de poder de la universidad y el gobierno, como el soñador privilegiado con "un pensamiento profundo como el mar". Su obra es la encarnación de la visión estadounidense de la pluralidad. En Inglaterra, aparentemente ya no somos capaces de escribir cruzando las burdas y sutiles distinciones de clase, o, más bien, no podemos hacerlo con gracia, sin que aparezcan tensiones o sin caricaturas. Por eso, Bellow parece más grande de lo que puede esperar llegar a ser cualquier escritor británico.
Otra razón: en una cultura literaria que ha favorecido en general el esquema de la novela por encima de la oración refinadamente elaborada, honramos la musicalidad, el ingenio, el maravilloso ritmo de un buen renglón bellowiano. Un ejemplo, elegido con justicia por el crítico James Word, es la descripción de Behrens, el florista del relato Something to Remember Me By: "Entre las flores, sólo él carecía de color, algo así como el precio que había pagado por ser humano". Otro ejemplo, especialmente significativo para mí porque rendí tributo a Bellow por medio de una variación de él: en Herzog, leemos que Gerbasch, con su pata de palo, "se agacha y se incorpora con la gracia de un gondolero".
No es sorprendente que algunas de las mejores celebraciones de la escritura de Bellow se hayan suscitado aquí. Tal vez usted ya tenga ciertos ensayos en sus anaqueles, y en este momento de hacer balance puede ser consolador releerlos. Uno es la magnífica defensa que Martin Amis hace de Las aventuras de Augie March, a la que considera la Gran Novela Americana definitiva en la introducción a la edición de Everyman; otro es la introducción de James Word al volumen de Cuentos reunidos de Penguin, que ofrece una respuesta jubilosa a la obra.
Los escritores que admiramos y releemos son absorbidos por la letra chica de nuestra conciencia, por el ruido blanco de nuestros pensamientos y, en ese sentido, no pueden morir. Saul Bellow ya publicaba en la década de 1940, y su obra se extiende a través del siglo que él contribuyó a definir. También redefinió la novela, la amplió, la liberó, la hizo cálida con sentido humano e ingenio y grandes propósitos. En una ocasión, Henry James expuso una verdad, obvia pero útil: "la calidad más profunda de una obra de arte será siempre la calidad de la mente que la produjo". Estamos diciendo adiós a una mente de inigualable calidad. El abrió nuestro universo un poco más. Se lo debemos todo.
IAN McEWAN, 8 DE ABRIL DE 2005
(Traducción: Mirta Rosenberg)

Corleone dijo
Mucho nivel, es lo que veo por aquí, don Guillermo, muy acertado comentario sobre Bellow, un escritor que desconozco pero que habla de un tema que me interesa mucho. tantas cosas por leer! Cono decía Ismael Serrano, tantas, tantas cosas...
2 Mayo 2006 | 10:42 AM